Los beatos del Nordeste

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En estos días de Pascua que se leen los relatos de los Hechos de los Apóstoles, parece interesante contaros una realidad que se dio en el Nordeste de Brasil a finales del siglo XIX y principios del XX: las historias de los “beatos”.

Nordeste.jpgEn el siglo XIX, en la entonces provincia (y hoy estado) de Ceará surgió el Padre Ibiapina. Tras una vida llena de actividad pública en donde fue sucesivamente alcalde, inspector de policía, juez y diputado en la Asamblea que redactó la Constitución de 1824; Ibiapina entró en el seminario y fue ordenado sacerdote con 50 años. Parece que fue la pobreza extrema y la gran sequía en torno a 1850 que llevó a Ibiapina a querer ser misionero por esta región semidesértica de Brasil. Ibiapina iba por los pueblos y allí reconstruía iglesias y cementerios y enseñaba a la gente a cómo hacer pozos y azudes para retener agua en tiempo de lluvia y sobrellevar mejor los momentos de sequía. Cuando Ibiapina se iba de un pueblo dejaba un grupo de hombres y mujeres (los “beatos”) al cargo de la comunidad: ellos dirigían las oraciones, cuidaban de que los más desfavorecidos no pasaran necesidad, etc. Una especie de diáconos encargados de la liturgia y la caridad.

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Uno de los discípulos del Padre Ibiapina fue el Padre Cícero. Este se quedó en Juazeiro del Norte (Estado de Ceará) que se convirtió en un foco irradiador de comunidades al estilo de Ibiapina. Mucha gente iba a ver al Padre Cícero, que se convirtió en una especie de guía espiritual para varias generaciones. A día de hoy sigue habiendo peregrinaciones a la tumba del Padre Cícero (foto de arriba) y ha sido canonizado por el pueblo, de modo que se venden imágenes suyas que se colocan en iglesias y capillas.

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Otro de los discípulos de Ibiapina fue Antonio Conselheiro (Consejero). Antonio peregrinaba por esta región a finales del siglo XIX a la manera de su maestro: construía o reparaba capillas, iglesias y cementerios, cavaba azudes, etc. Dejaba “beatos” y partía a otros pueblos. Pero cuando partía se le unían otras personas que comenzaban a peregrinar con él: pobres, esclavos recién liberados que no tenían a dónde ir, campesinos que lo habían perdido todo en una sequía, etc (en la foto podéis ver una representación de Antonio Conselheiro y los peregrinos que se encuentra en la fachada de la iglesia parroquial de Canudos. Por cierto, el tío de la barba no soy yo estropeado, sino Carlos, un cura del IEME que estaba en nuestra diócesis muy cerquita de Canudos, en Uauá). Al cabo de unos años fueron tantos que Antonio consideró que no podía continuar peregrinando con tanta gente, así que se estableció a orillas del Río Vaza Barris, en Belo Monte, fundando el pueblo de Canudos. En Canudos todo el mundo era pobre pero todo era común: todos trabajaban la tierra y criaban cabras y el fruto del trabajo se repartía según las necesidades de cada uno. Con el comercio exterior compraban aceite, telas y otros productos necesarios que luego eran repartidos en la comunidad. Nadie sabe con exactitud qué población llegó a tener Canudos, pero se dice que llegó a ser la 3ª ciudad con mayor número de habitantes de Bahía, unas 25000 personas. ¿El motivo? para allí se dirigían los pobres que no tenían otro sitio a donde ir: seguían siendo pobres, pero no pasaban necesidad.

Os imaginaréis que la historia de Canudos no acabó bien. Los terratenientes tenían miedo de quedarse sin trabajadores y eso de que allí todo fuera común atentaba contra la propiedad privada y, por tanto, era un mal ejemplo. 4 expediciones militares sucesivas fueron enviadas hasta Canudos para arrasar la ciudad. La última, en 1897, masacró a la población y redujo la ciudad a ruinas. Antonio murió y los pocos supervivientes huyeron hacia otros lugares. La prensa (al servicio de los poderosos) se encargó de difamar la memoria de Canudos: “grupo de fanáticos”, “monárquicos vendidos a los ingleses que querían acabar con la República”, etc. Por si no fuera poco, para terminar cualquier vestigio, la Dictadura Militar en los años 70 construyó un embalse sobre la ciudad de Canudos para que nadie volviera a recordarla (en la foto de abajo podeis ver el embalse sobre la antigua ciudad. A la derecha, arriba está la nueva). Sólo un joven periodista que acompañó la última campaña militar de Canudos testimonió en un libro la matanza y el salvajismo de los militares; el periodista era Euclides da Cunha y el libro “Los Sertões” una obra clave de la literatura brasileña.

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Son otras las historias de estos beatos y las anécdotas que hemos conocido en este año que, si os interesan, os contaremos a partir de ahora en un nuevo blog: el blog de Ocasha, a donde os tendréis que dirigir a partir de ahora si queréis seguir nuestras aventuras.

2 comentarios to “Los beatos del Nordeste”

  1. David Says:

    Cosas del ser humano…Siempre imprevisibles, lo que es el ego!. Madre mía, ¿habrá algún día que todos nos daremos la mano como hermanos que somos?

    ya sabes Miguelillo, I miss you so much.

  2. Maputo Mojamuto Says:

    Hola, Totano, ¿cómo va todo por ahí? Acabo de cargar tu página y un día que tenga más tiempo, pues ahora tengo que acostarme, me lo trago enterito. Me acordé de ti porque estuvo la Reina por ahí. Yo ando con una congoja tremenda, un sinvivir, con la muerte de mi paisana Sara Montiel.
    Un abrazo,
    GGG

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